
El que solo viviría de su profesión
GENOVEVO, RECTOR
DE LARGO ALIENTO
Arturo Hernández Tovar
25 de abril de 2026
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Al abordar en estas últimas ediciones de Polémica, el tema de la sucesión en la Rectoría de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, que hoy está en disputa frontal y turbulenta, ha venido a la memoria uno de los episodios de esos rectorados que fue base de prolongado poder universitario, y plataforma política de largo alcance.
Ninguno de los personajes que le antecedieron en su rectorado, a partir incluso del combativo Dr. Elí Eduardo De Gortari Carbajal, y de la quincena que le sucedieron (sin contar a la actual), escalaron tanto como este de nuestro relato que, un tanto desdeñoso nos aseguró que él de lo único que viviría, sería de su profesión, como oftalmólogo.
El episodio inició al poco tiempo de que había sido ungido como rector (1976), por decisión de la Junta de Gobierno conformada por unos cuantos - ex rectores - que tras bambalinas escuchaban voces del más allá, si bien bajo alguna conciliación con los universitarios.
Se trataba del doctor en oftalmología Jaime Genovevo Figueroa Zamudio, quien contaba en su ficha haber tenido sobresaltente participacion en el movimiento universitario de aquellos tiempos de convulsión estudiantil, que incluso Ilegaron al extremo deplorable de la irrupción del Ejército en la Casa de Hidalgo.
El flamante nuevo rector de hecho no había podido despachar, mientras el Colegio de San Nicolás, la Rectoria y otras escuelas facultadas y oficinas universitarias estaban tomadas por estudiantes.
Así el ambiente, mientras viajaba en un camión urbano de los que cobraban 30 centavos, divisé que el rector caminaba, en actitud de preseante con uno o dos jovencitos en torno al Parque Juárez. Estuve movido a bajar del camión e ir a abordarlo, ya que mi búsqueda para entrevistarlo en torno del conflicto en que estaba la Universidad había sido fallida. No lo hice porque debia de llegar pronto a la Voz de Michoacán, donde laboraba.
Al día siguiente, al salir del periódico, ya de noche e ir a la novedosa sala de cine que proyectaba películas de arte, tuve la suerte (suerte de reportero) de encontrármelo allí haciendo fila. Concertamos la entrevista a realizarse al día siguiente en su consultorio ubicado en la esquina de Madero Poniente y León Guzmán.
—¿Porqué, si la Universidad está paralizada, tomada por estudiantes, a usted se le ve tan tranquilo? Le he visto paseando por el Parque Juárez… —fue mi inicial cuestionamiento.
—Mira, estos son cargos pasajeros. Pueden durar poco. La profesión dura toda la vida. Yo, de lo que voy a vivir toda la vida, es de mi profesión— fue su respuesta.
Y así se publicó. Ello, desde luego causó revuelo inmediato. Ya por la noche de ese día de la publicación, me llamó por teléfono al periódico.
—¡Oye, qué friega me pusiste con lo que publicaste! —escuché decirme al otro lado de la línea telefónica.
Mi reacción a la defensiva inmediata no se hizo esperar:
—Doctor, no uso grabadora; pero estoy seguro de haber retenido de memoria y apuntado lo que me declaró. Y si tiene alguna aclaración, puede hacerla.
—No, no. No se trata de eso. ¿Puedes venir a mi consultorio para platicar?
—Sí, por supuesto. Allí llego.
Me enteré así, para nuestros lectores, que había sido ratificado por unanimidad por el Consejo Universitario, asegurándole apoyo para resolver la problemática de la Máxima Casa de Estudios.
Durante el día, al conocerse su declaración periodística, algunos miembros del Consejo Universitario y otros interesados más, le llamaron para exponerle su extrañamiento, preguntarle si no quería ser rector o, también, manifestarle apoyo.
Él, en un golpe de audacia política, convocó de inmediato a una reunión urgente del Consejo Universitario — máximo órgano de gobierno de la Universidad— ante el cual puso en la mesa su renuncia, dadas las inconformidades recibidas; pero también expuso su decisión de seguir en el cargo, si contaba con el apoyo de la mayoría… de todos.
Por unanimidad fue ratificado.
Además, los concejales pusieron de relieve que la atención de los problemas de la Universidad ameritaba precisamente de todo el respaldo a su autoridad.
Casi a la despedida de esa segunda entrevista, me invitó para que al día siguiente —el otro día siguiente— lo acompañara a presenciar una marcha de estudiantes y maestros que encabezaría, durante la cual, quienes habían tomado las dependencias universitarias harían entrega de ellas.
En efecto, la marcha de un nutrido conglomerado inició a la altura de la Plaza de Los Niños Héroes hacia el Oriente.
Su primera parada fue en lo que entonces eran las oficinas de Control Escolar (cerca del Templo de La Merced).
Algunos de los ocupantes del edificio habían salido momentos antes con sus pertrechos.
La columna avanzó hacia el emblemático Colegio de San Nicolás, donde entre vivas a la Universidad le entregaron también las llaves. Y el Alma Máter abrió de par en par sus puertas.
Su rectorado requiere de reseña separada. Pero fue, eso sí, plataforma para una extensa carrera política de largo aliento que en las filas del PRI lo llevó a ser, luego, luego diputado federal por el distrito —creado ex profeso— de Quiroga; y, apenas estrenada su curul, a formar parte, como Secretario de Gobierno, del gabinete del tristemente célebre gobernador Luis Martínez Villicaña, a quien substituyó como gobernador interino.
Prosiguió como senador e incluso presidente del Senado, para después ingresar a la diplomacia como embajador de México en Argentina. (¡Ah, qué delicia de vinos!…).
Durante su ejercicio de gobernador interino de Michoacán confrontó al PRD, a cuyos manifestantes frente a Palacio de Gobierno ordenó “gasear” por primera vez, en tanto que una caricatura del laureado maestro michoacano Rogelio Naranjo, publicada en la revista Proceso, lo dibujó viendo desde el balcón de Palacio de Gobierno al primer presidente municipal perredista de Morelia, Samuel Maldonado Bautista, despachando en plena Plaza Melchor Ocampo, debido al acoso constante de las huestes priístas que mantenían tomado el Palacio Municipal.
Con todo y ello, aquel rector que me declaró que de lo que siempre viviría, sería de su profesión —de médico oftalmólogo— y no de un cargo pasajero, terminó sumándose a las filas del PRD, que combatió, para, sin ser afiliado, ocupar en los gobiernos de ese signo político, la Secretaría de Turismo.
Ninguno de los 7 rectores que le antecedieron a partir incluso del combativo Dr. Elí Eduardo De Gortari Carbajal; y de la quincena que le sucedieron (sin contar a la actual), escalaron tanto como él. Sólo unos cuantos dejaron huella como políticos. La mayoría optaron por la tranquilidad de la docencia o hasta por explotar una mina de por vida, dedicados a vender su fe.
Así, aquella declaración periodística del Dr. Genovevo Figueroa Zamudio hecha en 1976, un tanto desdeñosa de la Rectoría que se le había conferido, me lleva a la hipótesis de que la oftalmología no sólo es la parte de la medicina que estudia las enfermedades de los ojos, sino que enseña también cómo adaptar la vista propia a mira telescópica, para ver muy lejos y con mucha anticipación.
Y si ello es cierto y comprobable, el oftalmólogo que pensaba vivir siempre de su profesión, no mintió.
