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¿Ley Electoral para tahúres?

Pueblo demócrata, políticos antidemócratas

Arturo Hernández Tovar

8 de marzo de 2026

Arturo Hernández Tovar

Ha llegado al Congreso de la Unión la iniciativa presidencial de una nueva Ley Electoral que, más allá, mucho más allá de su discusión entre los legisladores y, su eventual aprobación, suscita Polémica para que todos los ciudadanos y aún los jóvenes que pronto lo serán, reflexionemos acerca de nuestra voluntad político-electoral.

No obstante que le fue robada la Presidencia de la República en 1988, el Ing. Cuauhtémoc Cárdenas dio con su movimiento un determinante impulso a la fuerza de la Democracia en México. Ello, entre otros resultados de gran valía, tuvo el que las elecciones ya no las organizara el gobierno, sino una institución independiente y autónoma llamada Instituto Federal Electoral (IFE), cuyo órgano máximo de gobierno fue conformado por consejeros representantes sí del gobierno, pero también de los partidos políticos y de los ciudadanos. 

 

El electorado ha demostrado por su parte en sucesivas elecciones desde entonces, cuál es y cuánta su voluntad democrática.

También ha quedado demostrado —y esa es la gran lección—, que sólo una abrumadora mayoría es capaza de hacer añicos tantas trapacerías heredadas del PRI y el PAN.

Pero contrariamente a esa voluntad y capacidad del pueblo para volcar su voluntad democrática en las urnas, muchos políticos han enseñado el cobre de antidemocráticos buscadores de cuanta trapacería les sea posible para desvirtuar la voluntad popular en cuanto a que sea auténtico sufragio efectivo.

Las estratagemas para pervertir la voluntad popular electoral ha llegado a tanto, que las normas y reglas electorales están plagadas de costosas medidas de seguridad, cual si se tratara de una ley para tahúres.

Hoy en día, la propia institución encargada de organizar las elecciones, denominado Instituto Nacional Electoral y sus homólogos en los estados, en defensa de elevados, onerosos presupuestos alegan precisamente los altos costos de medidas de seguridad de las boletas electorales, de fiscalización, de gastos de campaña de los candidatos, así como de capacitación de funcionarios, entre otros rubros.

 

En contraste a ello, vale recordar el grado de sencillez, lealtad y la honestidad democrática que algunas comunidades indígenas de Michoacán y otros estados demostraban —y aún practican—, como lo es en la Meseta Purépecha, al elegir a sus autoridades comunales en plena plaza pública, donde simplemente se formaban en sendas filas quienes apoyaban a uno u otros propuestos para ocupar el cargo.

Si la fila de quien tenía la mayoría no era evidentemente ostensible a simple vista de todos, los árbitros hacían el conteo personalizado y así lo consignaban en el acta.

Quienes no habían obtenido la mayoría, se saludaban y abrazaban con el ganador comprometiéndose a trabajar todos juntos por la comunidad.

El único costo era el de los cohetes que hacían estallar para celebrar; o, si era posible, la comida para todos en la plaza.

¡Claro!, resulta difícil que los políticos y genios estudiosos de los sistemas electorales, bajen a aprender lo que los indígenas enseñan.

¡Qué va, con lo que se aprende en otros países, y cuanto más lejanos… mejor, para aprovechar el viaje!

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